lunes, 5 de marzo de 2012

Luz verde.

Sin ánimos de perderme en la desconocida noche llegue, sabiendo que esas calles esconden algo que me intriga, algo que lleva a reconocer en lo más profundo de un sentido, que hay una conexión más que excitante, más que ilusoria.
Me senté, escuchando los tantos problemas de mi vieja amiga, le recordé algunos de esos consejos de los cuales nunca fui propietaria. Tomamos algo para que la noche sea más liviana y no nos delate.
Una hora más tarde, mientras ella fumaba un cigarrillo afuera, empezamos a hablar. Fueron tantos los temas que solo recuerdo tu mirada seductora y tu pregunta reiterada sobre mis rasgos.
Las palabras fueron miles, y los espacios y tiempos fueron eternos.
Debía volver, recordó mi parte responsable, quizás dormir con vos era la opción más seductora.
Buscamos notas y tintas para anclar otro encuentro, el único.
Una mezcla de sensaciones inundó mi respiración, era una manera aleatoria de reconocer la maravillosa existencia de los momentos. Sentir un hoy inmediato.
Las tintas tuvieron su encuentro, un dirección errónea aumento una ansiedad, que hasta unos 4 meses no aparecía. No extrañaba su regreso, es más, la detestaba a la hora de la cena.
Baje, te vi. Un  saludo cordial y un gracias por venir completaron la calle. No sé cuantas miradas originales tendrás pero si supe enseguida que te invadía la misma incertidumbre, en todo caso, era jugadora local, debía guiarte. Soy pésima como mapa.
Eras vos, casual, interesante, hasta que buscaste ese tema de las casualidades universales y sobre la veracidad de los signos.
¿Fumas? No.
Unimos los gustos en una copa de vino tinto, reconociendo en el mismo momento la textura exacta, el olor bordo, el sonido completo.
Fueron dos los momentos que recuerdo, el vino y el susurro de la misma estrofa de esa canción.
Nos perdimos bajo una melodía conjunta, con miradas, con palabras.
Tu latir era más lento que el mío, lo que notablemente marco la hora de tu partida.
Preferí no contestarte.
Necesite poner en palabras ese nudo, y nunca voy a olvidarte.
¿Por qué?
Porque  tu boleto solo de ida, marco la naturalidad de mi dormir.
Porque  tu fugaz perfume inundo de manera tal mi sentido que encontré la conexión con mi origen.
Porque tu energía, de la que hablaste casi toda la noche, me choco tan fuerte que la despedida fue una celebración.
Porque recordé la fundamentación de los encuentros más allá de 56 canciones y 6 copas de vino.


Ella sonrió, el también.

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