martes, 24 de julio de 2012

Amanecen nubes.


Unas cuantas ruedas.
Una ruta eterna.
Un viento gris.
Un fuego colectivo.
Un sol dorado.
Un deseo envasado.
Empecé por el final.
Con risas y aplausos.
Decore paisajes con imágenes fugaces.
Fugaces, pero tan  intensas, rojas e inquietantes.
¿Qué puedo decir?
El mundo brilla, los colores se mueven y la música llena.
Los lugares y momentos son la foto perfecta.
Son la fiesta de las inestabilidades y de los desequilibrios.
Para viajar no se necesita más que pasos.
Para gritar un poco de impulso.
Para bailar una calle.
Para reír un segundo.
No era el final, era la sensación de último capítulo, nada más.
Como el estribillo repetido.
Como la vereda conocida.
Hola, nos conocemos.
En ese saludo, cayeron todos los anteriores.
En esa subida, la cual no creí hasta sentirla, amanecieron nubes.
En esa velada, completa de estrellas, devinieron gotas.
 No hace falta correr, como creía, simplemente sentarse y mirar dejando de lado el verbo ver.
Hacen falta espinas para reconocer algodones.
Hace falta nacer mil veces para crear voces en el tiempo.
Vivir es moverse.
Respirar es amanecer.
Amanecer, eso es todo.

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